Últimamente me siento un poco abrumado con la cantidad de noticias sobre avances en inteligencia artificial. Ayer mismo, mientras intentaba configurar un asistente doméstico para que coordinara la calefacción con mi horario, me quedé pensando en lo rápido que cambia todo esto y en si realmente lo estamos integrando bien en el día a día. Me da la sensación de que a veces la tecnología se desarrolla más por el simple hecho de poder hacerlo, y no tanto por resolver un problema concreto que tengamos las personas.
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Qué tan viable es integrar inteligencia artificial en casa sin complicaciones?
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Me agota y fascina la avalancha de noticias sobre inteligencia artificial, y a veces sueño con una casa que se ajuste sola sin pedir permiso.
La rapidez de los avances en inteligencia artificial choca con la vida diaria. Tal vez lo clave sea identificar problemas pequeños que sumarían, como sincronizar la calefacción con el horario personal.
Estoy seguro de que cada novedad de inteligencia artificial trae un ejército de sensores y comandos que entienden mi humor, cuando en realidad solo parece medir la temperatura.
Me suena a promesa grandilocuente cuando la inteligencia artificial nos vende soluciones mágicas sin hablar claro de errores, de privacidad o de quién decide qué hacer.
¿Quizá el problema no es la IA sino el modo en que preguntamos sobre ella y es importante plantear qué problema real queremos resolver antes de ampliar su alcance?
La idea de inteligencia artificial se cruza con ética y confianza del usuario y eso importa más que la potencia de la técnica.
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