Últimamente me ha pasado algo raro en los conciertos. Mientras todo el mundo a mi alrededor salta y canta, yo me quedo ahí, inmóvil, absorto en los detalles técnicos o en cómo la luz golpea un instrumento. No es que no disfrute, al contrario, pero mi cabeza parece procesar la experiencia de otra manera. Me pregunto si a alguien más le pasa esto, si es normal sentir esa especie de distancia analítica incluso en medio de un gran espectáculo en vivo.
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Qué tan normal es sentirse distante en un concierto en vivo?
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A mí me pasa exactamente lo mismo: en los conciertos, cuando todos saltan, yo me quedo observando detalles: la luz, el tacto de una cuerda, el clic de un pedal. No es que no disfrute; mi cabeza hace una coreografía paralela. A veces siento que la experiencia es doble, una emoción que llega y otra que la analiza. Me parece que no es raro que haya esa distancia analítica en medio de un gran concierto; puede ser tu forma de procesar lo que ves y oyes sin perder el hilo de cada detalle.
Puede que sea una forma de atención sostenida, un hiperfoco que se activa cuando la escena se repite. El ruido del público, los cambios de tempo, todo eso entra en una especie de mapa mental donde los números y las luces cuentan su propia historia. En ese concierto particular, la cabeza no abdica al ritmo sino que arma variables: ¿qué pasa si el artista cambia a un acorde menos común, cómo se siente la sala con eso? No quiero sonar clínico, pero sí curioso.
Puede ser simplemente que estés cansado o que el ruido te moleste y te quedes buscando una explicación. A veces no hay etiqueta elegante que valga; es más práctico pensar que estás inmerso, pero con la mente ocupada en otras pistas. Si te sirve, a veces la gente llama a eso estar presente sin perder el detalle. No voy a insistir con teorías raras del cerebro, solo te digo que tampoco es una señal de que no estés disfrutando.
Y si la clave no está en arreglarte sino en entender qué significa vivir un momento así. Tal vez tu forma de experimentar el concierto es otra forma de escuchar, más analítica que visceral. Eso no te quita nada, solo te da otro mapa para el espectáculo.
Yo leo lo que ocurre como si fuera una escena de una novela: la luz es una frase, el bajo una puntuación. En ese marco, el concierto se siente como un poema en movimiento que exige lectura atenta. Si te paras a mirar la maquinaria, quizá te pierdas la sensación, pero también la capturas desde otro ángulo. Tu experiencia, digamos, tiene su propia métrica y eso basta.
Podría haber algo de neurodiversidad o de hiperfoco, ideas que a veces ayudan a describir sin encasillar. La clave es que el cerebro puede priorizar detalles sensoriales o patrones, no una falla. En ese marco, tu sensación no es un fallo: es una forma de experiencia estética. Y si alguien pregunta por qué, ya sabes: es solo otra lente para ver la música.
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