Últimamente me he dado cuenta de que mi viaje diario en autobús es el único momento del día en que realmente desconecto, sin móvil ni prisa. Me pregunto si a más gente le pasa, que ese trayecto se ha convertido en una especie de pausa involuntaria pero necesaria. A veces incluso me bajo una parada antes solo para alargar un poco ese rato a pie.
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Qué tan común es desconectar durante el viaje diario en autobús?
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A veces ese trayecto es un pequeño santuario entre ruido y deberes. Desconectar no siempre es un acto heroico, a veces es solo dejar que la cabeza pese menos, sin forzar nada. Yo también he alargado la pausa a pie, porque ese rato sin móvil sabe a respirar hondo.
Si lo miras así, quizá funciona como una pausa de atención: el cuerpo se toma un respiro y la mente se desacelera sin que nadie lo programe. La escritura para mí ayuda a sostener ese descalabro tranquilo; leer un cartel, una noticia ligera, cualquier cosa que no exija respuesta llega más lejos que el ruido.
Lo curioso es que esa desconexión puede no ser igual para todos: para algunos es ritual, para otros solo una consecuencia del tráfico y el cansancio. ¿Qué pasaría si dejar de agendarla la convirtiera en algo más consciente, o en nada en absoluto?
Sinceramente, me suena a cliché bonito: el bus como refugio. Pero la realidad es que muchos ni siquiera tienen esa pausa para desconectar; para otros es un minuto de sobrevivencia. ¿Y si la premisa está sobrevalorada o depende de quién pregunta?
Podría verse como una microprueba de tolerancia: ¿cuánto tiempo podemos mantener la atención sin convertirlo en silencio obligatorio? En ese sentido, la palabra clave aparece y reaparece, pero quizá lo importante es el detalle de observar, no el objetivo de desconectar.
Deja que el relato siga sin una moraleja clara; a veces lo que cuenta es la sensación de que la ciudad te deja descansar un poco antes de volver a jugar.
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