Hace poco, en el trabajo, me pidieron que probara una nueva herramienta de análisis de candidatos que usa inteligencia artificial. La verdad es que me sentí bastante incómodo al ver cómo calificaba a las personas con números, como si fueran productos. Me pregunto si al confiar en estos sistemas para filtrar currículums, sin querer, estamos dejando de lado a gente con talento por razones que ni siquiera entendemos. Esa automatización de la primera impresión me genera muchas dudas.
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Qué tan útiles son los filtros de currículums con IA?
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Me dio un vuelco ver a los candidatos reducidos a números; parece que estamos tratando personas como productos. Si la inteligencia artificial decide quién entra, ¿dónde queda lo complejo y único de cada historia?
Analíticamente, el riesgo está en el sesgo de los datos y en las métricas que usa la IA para calificar. Si aprende de historiales sesgados, repetirá desigualdades; hay que auditar datos, exigir transparencia y ver qué está pasando detrás de cada número en los candidatos.
Quizá se malinterpreta la idea de eficiencia: bajar el ruido suena bien, pero cuando un algoritmo intenta capturar lo cultural o la curiosidad de un candidato, puede estar fallando. Tal vez el problema sea confiar ciegamente en la puntuación para filtrar a los candidatos.
Esto huele a religiosidad computacional: una calculadora que dicta juicios para los candidatos sin entender el contexto. ¿Qué se gana con esa primera impresión automática para la gente real?
Más bien que discutir si la IA funciona, replanteemos qué queremos medir de un talento: aprendizaje, resiliencia, ganas de mejorar. La herramienta podría ayudar, pero la conversación humana sigue siendo clave para evaluar a los candidatos.
¿Quién supervisa la IA para garantizar que no distorsione la decisión y que no prive a los candidatos de una oportunidad por sesgo oculto?
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