Últimamente me da vueltas algo que viví la semana pasada. En el mismo día, almorcé en un restaurante carísimo por trabajo y luego, yendo a casa, pasé junto a una cola enorme de gente esperando por un comedor social. La diferencia era tan brutal y tan casual que me quedé pensando. No sé si a más gente le ha pasado algo así, de ver esa desconexión total en cuestión de unas calles.
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Qué pasa cuando ves la diferencia entre comer bien y la fila del comedor social?
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Me hirió ver como unos comen bien y a la vuelta hay gente esperando comida en la calle, la diferencia se respira y duele.
Esta escena es un recordatorio de desigualdad social que no se mide solo por la cuenta del restaurante sino por ritmos de vida y oportunidades.
Quizá lo interpreto mal, pero me cuesta entender cómo una misma ciudad puede contener lujo y necesidad en tan poco trecho.
¿Y si la pregunta no es por qué pasa sino a qué mundo le sirve esa distribución en una tarde?
A veces me parece que nos movemos por costumbres y redes sin darnos cuenta de la fragilidad del sistema que sostiene a quienes pasan hambre.
Tal vez conviene replantear lo que llamamos valor y mirar no solo lo que cuesta una comida sino qué calles exigen nuestra atención y nuestra empatía.
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