Hace poco me pasó algo que me dejó pensando. En el trabajo, nuestro nuevo sistema de gestión usa un algoritmo para asignar las tareas más urgentes, y a mí me asignó un proyecto que claramente debía ir a un compañero con más experiencia en el tema. Me pregunto si confiar ciegamente en estas herramientas puede hacer que pasemos por alto el contexto humano, ese criterio que no está en los datos. Al final lo hablé con mi jefa y se reasignó, pero ahora dudo cada vez que veo una nueva tarea asignada por el sistema.
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Qué pasa cuando un algoritmo asigna tareas sin contexto humano?
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Me sacudió leer que un algoritmo decidió algo tan humano; me pongo nervioso pensando que el contexto humano podría quedar fuera del radar. ¿Quién cuida el contexto humano cuando los datos fallan?
Si el sistema prioriza por urgencia, tal vez falla al ignorar criterios cualitativos. Una forma de mitigarlo sería combinar señales: urgencia numérica, experiencia y una revisión humana rápida; el algoritmo solo funciona si las reglas están bien definidas.
Quizá no fue una conspiración sino una coincidencia con mala lectura del modelo: te tocó a ti porque el sistema no vio lo que tú ves en el tema. Malinterpreté la premisa de que todo era inequívoco.
¿Y si el problema no es la herramienta sino la cultura de la empresa? Si nadie pregunta por el contexto, el algoritmo termina siendo una excusa para no moverse.
Más que confiar o desconfiar, la clave tal vez es quién define cuándo el criterio técnico debe ceder ante lo humano; quizá hay que diseñar criterios de asignación que permitan revisión rápida.
En mi experiencia, la transparencia importa: ¿cómo se ve la decisión detrás del algoritmo? A veces entender el proceso desarma la ansiedad sin necesidad de demonizar a la máquina.
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