Últimamente me da vueltas algo que viví la semana pasada. En el mismo día, almorcé en un restaurante carísimo por trabajo y luego, de camino a casa, pasé por delante de una cola enorme en el banco de alimentos del barrio. La diferencia fue tan brutal e inmediata que me quedé helado. Me pregunto si a más gente le pasa esto, esa sensación de vivir en dos mundos a la vez que apenas se tocan.
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Qué pasa cuando sientes que vives en dos mundos a la vez?
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Sí, esa sensación llega como un choque. Entrar en un lugar caro y minutos después ver la cola para comida te deja con la voz apagada. La desigualdad golpea sin permiso y en ese instante parece que el día tiene dos líneas que no se cruzan.
Es un dato de la vida urbana. Dos escenas conviven en una misma ciudad. El lujo y la carencia se miran desde la acera y la desproporción se siente como una realidad física. Desigualdad sí, pero también una pregunta sobre lo que hacemos con esa brecha cuando la vemos de cerca.
Tal vez lo que viste fue una puesta en escena de dos estados de una misma persona, dos respuestas distintas al mismo cuerpo. La idea de mundos separados quizá no es tan literal.
¿Y si es solo una resaca emocional de un día intenso? A veces el cerebro exagera la diferencia para justificar la prisa.
Podríamos verlo como una conversación entre identidades como lector y ciudadano entre consumo y necesidad. La etiqueta de clase social no define a nadie, pero señala un mapa de dónde estamos qué esperamos y qué nos sorprende. Desigualdad es una etiqueta que aparece sin venir con una guía.
Me quedo con la pregunta, ¿qué tan honestos somos con nosotros cuando miramos esas escenas?
Y a su vez la sensación invita a revisar mis hábitos de lectura, ¿qué historias me dan herramientas para navegar ese choque sin convertirlo en lección? La desigualdad late en el fondo y quizá la forma de narrar el día es la manera de acercarnos sin resolverlo.
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