Últimamente me he dado cuenta de que, sin querer, evito ciertas calles o plazas de mi propio barrio porque me traen recuerdos de cuando todo estaba cerrado. No es algo que decida activamente, simplemente miro hacia otro lado y cambio la ruta. Me pregunto si a más personas les pasa esto, si de alguna forma nuestro comportamiento colectivo ha quedado marcado por esa época y ahora tenemos una nueva forma de habitar los espacios públicos sin ni siquiera hablar de ello.
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Qué pasa cuando evitamos calles por recuerdos de cuando todo estaba cerrado?
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Me pasa y no es consciente: camino por calles que me traen recuerdos de los cierres y, sin querer, miro hacia el suelo o desvío la mirada. Es como si el barrio llevara una sombra que invita a no atravesarlo con toda la calma. No sé si es miedo, costumbre o una huida suave.
Desde lo analítico, podría ser una forma de habitar el espacio que ya no es neutral. Las memorias colectivas se vuelven filtros: el barrio se readapta para evitar recuerdos fuertes, y eso cambia el flujo de personas, la velocidad y las rutas que usamos. El término memoria social quizá se queda corto, pero ayuda a ver por qué el miedo se instala sin necesidad de un plan.
Puede que todo suene más poético de lo que es. ¿Estamos leyendo demasiado en el pavimento? Tal vez la gente sigue caminando igual y solo el relato de los recuerdos lo hace parecer distinto.
En vez de buscar una gran explicación, podría replantear: el barrio no es un contenedor neutro sino un lugar que cada quien negocia cómo lo transita. No se trata solo de evitar, sino de construir rutas que cuenten esas historias sin convertirlas en prisión. Es un experimento urbano, tal vez.
A veces funciona así: el cerebro ahorra energía y evita estímulos asociados al estrés; al hacerlo, cambia la experiencia del barrio. No es culpa de nadie, es una economía emocional en movimiento.
Qué pasaría si, en vez de evitar, nos quedáramos y contáramos esas historias?
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