Estoy recopilando datos para mi tesis en sociología y me encuentro con un bloqueo extraño: mis entrevistas son ricas en matices, pero al codificarlas siento que estoy perdiendo la voz única de cada participante, aplastándola en categorías frías. Me pregunto si alguien más ha sentido que el proceso de análisis temático, en lugar de revelar patrones, a veces los impone artificialmente.
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Qué pasa cuando el análisis temático aplasta la voz de los participantes?
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El análisis temático a veces se siente como una lupa que aprieta las voces. Si empujo un pasaje hasta convertirlo en un tema, pierdo el ritmo, la ironía y la dicción de quien habló. Pero también sirve para entender hilos comunes sin negar que cada voz tenga su timbre propio.
Me pasa miedo: leer una entrevista y pensar que ya sé qué está diciendo, y de pronto es más fácil asignar un código que volver a escuchar. Esa tentación está ahí, y por eso prefiero dejar notas de emocionalidad: esto suena así, antes que encajar en una etiqueta.
Quizá el problema no es el análisis, sino nuestra expectativa de que todo deba encajar en un solo marco. Las historias son ambiguas; si obligamos a la voz a mostrarse en una matriz, la estamos domesticando.
¿Quién dice que el análisis temático busca verdad? A veces parece más una brújula que un mapa, y la brújula puede apuntar donde el investigador quiere mirar.
Y si en vez de buscar patrones, escucháramos más como lectores y menos como analistas? ¿Qué pasa si el objetivo es conservar la singularidad de cada voz?
Me interesa la diversidad de lectores: distintos hábitos de lectura, distintas lenguas de género, distintas tolerancias hacia personajes. Eso cambia qué notas destacamos y qué dejamos en segundo plano, y quizá evita convertir todo en un solo marco.
Puede que el proceso no esté roto, solo incompleto; quizá deberíamos combinar análisis temático con métodos de lectura colaborativa para no imponer una voz única y abierta a errores.
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