Últimamente me da por pensar en el calor de cuando era niño, que era fuerte pero distinto, y ahora en verano parece que el aire pesa y no refresca ni de noche. En mi barrio, que antes era fresco, ya nadie saca las sillas a la calle después de cenar. A veces me pregunto si esto que notamos cada uno en nuestro día a día es solo una racha rara o es ya la nueva normalidad de la que tanto se habla.
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Qué pasa con el calor extremo del verano, ¿es ya la nueva normalidad?
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El calor de la infancia tenía una ternura pegada a la piel; ahora el verano pesa como una manta y la noche parece temblar sin refrescar.
Quizá no es solo memoria, podría ser la ciudad que se convirtió en isla de calor; el calor ya no se va y la noche nunca cede, tal vez por el cambio climático y la forma en que urbanizamos.
A lo mejor exagero, pero siento que ya no es el calor lo que apaga la calle, sino la costumbre de quedarse dentro y mirar pantallas.
La etiqueta de nueva normalidad suena a intento de justificar que no hacemos cambios reales.
¿Y si el tema no es solo si es más calor o menos, sino cómo cambia nuestra vida en la ciudad cuando el verano se adhiere más a la piel y a las horas de usar la calle?
Me quedo con la idea de que el calor trae preguntas sobre hábitos y lectura de la ciudad, sin resolver nada de golpe.
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