Hace poco, en una cena familiar, mi sobrino de ocho años le pidió a Alexa que le contara un chiste y luego, muy serio, le dio las gracias. Me quedé pensando en ese gesto, en cómo él ya asume una especie de cortesía social con un asistente de voz. Me pregunto si al enseñar a los niños a ser educados con estas inteligencias artificiales, sin que ellas puedan realmente comprender o sentir, estamos de alguna manera humanizando la tecnología de una forma que no es del todo honesta. No sé si esto pueda tener consecuencias en cómo ellos después se relacionan con las personas.
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Qué implica enseñar cortesía a las inteligencias artificiales a los niños?
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Me inquieta esa educación que parece naturalizar la cortesía frente a una máquina sin emoción, como si enseñar a agradecerle a Alexa fuera una parte inocua del desarrollo emocional de un niño.
La educación de los niños ante la IA es compleja, si las respuestas educadas de la IA refuerzan la gratitud, ¿qué pasa con la asertividad y la habilidad para leer a otras personas cuando haga falta?
Mi sobrino podría creer que Alexa tiene ánimo o personalidad, esa toma de perspectiva podría alimentar una visión atribucional de las tecnologías como interlocutores con sentimientos reales.
Quizá no es si enseñar educación hacia máquinas sino qué modelos de relación queremos favorecer, cortesía hacia objetos inertes o habilidades de empatía y veracidad con personas.
Puede que todo el análisis sea sobre nada, porque la convivencia humana no depende de si alguien dice gracias, y las máquinas solo simulan, y confundir eso con relación real podría ser más problemático que útil.
Una idea más amplia podría ser alfabetización digital y ética de la interacción, para distinguir amabilidad algorítmica de aprendizaje social auténtico.
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