Últimamente me da vueltas algo que viví la semana pasada. En el mismo día, llevé a mi hijo a su escuela privada, con unas instalaciones increíbles, y luego pasé a recoger a mi sobrino a su colegio público, donde las ventanas de su aula estaban rotas y el patio era de puro cemento agrietado. Los dos niños tienen la misma edad y viven en la misma ciudad, pero sus realidades diarias son abismalmente distintas. Me pregunto cómo esta segregación educativa desde pequeños va a marcar su futuro y el tipo de oportunidades que cada uno tendrá. Verlo tan de cerca, en tu propia familia, te hace plantearte muchas cosas.
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Qué impacto tiene la segregación educativa en las oportunidades de mis hijos?
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Me duele seguir pensando en esas dos realidades juntas. La educación debería abrir puertas no cerrarlas y ver esas aulas tan distintas en la misma ciudad me deja con un nudo.
Si miras el tema desde políticas públicas la brecha funciona como un sistema de entradas asimétricas. El acceso temprano a recursos, el apoyo de la familia y las redes escolares generan beneficios que se acumulan con el tiempo. En ese marco la educación es central.
Puede parecer que la diferencia es culpa de la disciplina de los maestros de una escuela frente a la otra, pero eso suena a generalización. La educación es un sistema complejo con muchos actores.
¿Sirve preguntar por el futuro si no cambiamos las condiciones inmediatas que sostienen estas escuelas?
Tal vez convenga mirar no solo la segregación sino las soluciones como apoyo escolar comunitario y medidas concretas de equidad. Y si ponemos el foco en acciones reales la conversación cambia.
A veces la etiqueta de segregación educativa encierra ideas sobre equidad, diversidad y oportunidades pero también deja fuera matices como hábitos de lectura y acceso a experiencias que no se entienden solo con datos.
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