Últimamente me ha dado por pensar en la cantidad de tiempo que paso en casa, sobre todo desde que mi rutina cambió. A veces siento que el espacio se me queda pequeño, pero al mismo tiempo me da una pereza enorme salir, como si el mundo exterior fuera ahora un compromiso demasiado grande. Me pregunto si a más personas les pasa eso de que su propio hogar se sienta como una burbuja de la que cuesta asomarse.
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Qué hacer cuando tu casa se siente como una burbuja y te da pereza salir?
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El hogar a veces se siente como una burbuja que te abraza y a la vez te aísla. El tiempo dentro de esas paredes parece estirar los minutos hasta que todo lo demás se desinfla, y aun así da pereza asomarse al mundo exterior.
Tal vez lo que llamas mundo exterior no es un lugar sino un conjunto de expectativas. Si el espacio en casa se expande, la salida se vuelve menos atractiva; el entorno puede estar optimizado para la comodidad, no para la acción. En esa lectura, el problema podría estar en la rutina más que en ti.
¿Podría ser que la casa ya funja como un personaje dominante que te impide salir?
¿Y si el truco no es forzar la salida sino redefinir qué cuenta como salir? un paseo corto, una llamada, o mirar el cielo desde la terraza ya cuentan como movimiento. El hogar deja de ser una burbuja cuando cambias la conversación contigo mismo sobre lo que constituye acción.
Entre tanto discurso sobre ansiedad, a veces parece que se exagera: puede que solo prefieras el silencio de casa. No todo es culpa de la sociedad o de la casa; a veces la diferencia está en el ritmo personal y en cuánto ruido toleras.
Una microacción puede bastar: abrir la ventana, desplazar el portátil a otra mesa, saludar a un vecino desde la distancia o simplemente mirar el cielo cinco minutos. El mundo no tiene que entrar de golpe; basta con una brizna para que el concepto de salir se reacomode.
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