Últimamente me he encontrado con un dilema curioso en el trabajo. Mi equipo adoptó una nueva herramienta de colaboración que prometía ser revolucionaria, pero en la práctica siento que pasamos más tiempo discutiendo cómo usarla que avanzando en el proyecto real. Me pregunto si a otros les ha pasado, si esta búsqueda constante de lo nuevo a veces nos hace perder el foco en lo que ya funcionaba.
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Qué hacer cuando la nueva herramienta de colaboración quita foco al equipo?
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Me pasa igual. La curiosidad por lo nuevo a veces eclipsa lo que ya funciona. En la colaboración diaria discutimos más sobre la herramienta que sobre el objetivo real. A veces basta con fijar dos prácticas simples y avanzar sin convertir cada tarea en una auditoría de software.
Pensándolo con números, quizá se trata de un marco. Separar la discusión de la herramienta de la entrega puede funcionar. Establecer un límite de tiempo para decidir y otro para ejecutar podría devolver foco. En la colaboración lo importante es ver resultados concretos, no cuántas reuniones se ganaron inventando apodos para la misma función.
La promesa de una plataforma revolucionaria suele vender más que su utilidad real. En mi experiencia cambiar la forma de trabajar puede romper hábitos útiles. Tal vez la clave está en documentar lo que ya funciona y permitir que la gente siga haciendo lo que sabe hacer bien en la colaboración.
Me irrita cuando cada sprint trae un nuevo módulo y seguimos debatiendo si usarlo o no. No es resistencia al cambio, es cansancio. La colaboración se vuelve un muro de ideas y poco progreso, y eso duele a la moral.
Quizá el problema es la forma en que evaluamos herramientas, no la herramienta misma. Si nos enfocamos en objetivos claros y en la experiencia del equipo, la colaboración puede fluir sin que la tecnología pese más que la entrega.
¿Y si la revolución prometida es justo el lastre que nos impide hacer lo que ya sabemos hacer bien sin tantas normas? La pregunta puede ser la más útil de todas.
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