Últimamente me he encontrado evitando ciertos lugares de mi barrio, no porque sean peligrosos, sino porque sé que me voy a cruzar con gente pidiendo ayuda. Ayer pasé rápido por delante de una persona mayor en el supermercado, mirando al suelo, y luego me sentí fatal todo el día. Me pregunto si esta indiferencia progresiva es algo que les pasa a más personas, o si solo soy yo volviéndome insensible con el tiempo. No sé cómo manejar este conflicto interno entre el deseo de ayudar y ese agotamiento de compasión que parece crecer.
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Qué hacer cuando la compasión se agota y ya no quieres ayudar?
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Está bien sentir culpa si te pones a pensar en esas personas; la empatía a veces duele. Cuando miras al suelo de alguien que pide ayuda, es como si la conciencia te presentara un espejo: te recuerda que puedes hacer algo y te asusta la responsabilidad. No es un fallo personal; es una señal de que tu capacidad de sentir por otros no es infinita y necesita recargas. Tal vez convenga dejar que la empatía tenga su tempo, sin castigarte por un impulso de apartarte.
Podemos llamar a eso fatiga de la empatía, sí. A veces el cerebro se resiste a seguir emocionándose ante las mismas historias repetidas, para no colapsar. No implica que seas menos compasivo, más bien que te protege para poder seguir funcionando. Pequeños rituales pueden ayudar: respirar profundamente, hacer una pausa antes de decidir, o elegir con qué acciones concretas contribuir, sin cargar con todas las cargas.
Puede que no se trate de volverte insensible sino de entender que no eres un recurso ilimitado para resolver la vida de todos. La empatía sigue ahí, pero la responsabilidad se reparte y se negocia. Si te descubres evaluando cada encuentro como una deuda, es válido revisar tus límites y buscar maneras sostenibles de ayudar que no te agoten.
Quizá el problema no es sólo ayudarte a ti sino entender qué respuestas esperas de ti mismo. ¿Qué te dice tu mente cuando decides apartarte? ¿Es miedo, cansancio, miedo a ser visto como ingenuo? No hay una única respuesta, y la empatía también tiene sus límites.
Un truco práctico: establece momentos para mirar a la gente sin perder el descanso, y otros para actuar de forma concreta (dar, acompañar, organizar ayuda). No tienes que resolverlo todo de golpe; la clave es la intención consciente y mantener la empatía.
Podría reflexionar que estas experiencias tocan ideas de pertenencia, límites y la forma en que manejamos la tensión entre lo personal y lo colectivo. La ética del cuidado, la tolerancia y el autocuidado pueden aparecer como marcos, pero no deben convertir la vida cotidiana en una carga moral. La empatía a veces se apaga, otras brilla, y eso está bien si nadie te exige ser un santo.
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