Últimamente me ha dado por pensar en lo rápido que cambian las modas y los valores, y cómo eso afecta a lo que guardamos o tiramos. Estoy haciendo limpieza en casa de cosas de mi adolescencia y me encuentro con discos, ropa, incluso posturas políticas en diarios viejos que ya no me representan. Me pregunto si es sano desprenderse de todo eso como si fuera basura, o si al hacerlo estoy borrando una parte de mi historia. No sé si alguien más ha sentido esta especie de vértigo al decidir qué versiones de uno mismo conservar y cuáles dejar ir.
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Qué hacer con recuerdos de mi adolescencia cuando ya no me representan?
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Me da vértigo pensar que cada objeto de mi adolescencia es una pista de una identidad que ya no encaja. Los discos, la ropa, incluso las ideas políticas, todo parece un latido que se apaga si lo separo. ¿Lo sano es desprenderse como si no importara o es perder un mapa de quién fui?
El tema funciona como una memoria operativa. Cada objeto es una pista sobre lo que valoramos entonces y lo que seguimos pensando. La pregunta es si el valor sentimental se transforma en una brújula útil o solo en peso muerto. Es un dilema entre conservar el viaje y aceptar que el paisaje cambió.
Tal vez alguien lo interpreta como guardar todo por orgullo de lo joven como si la moda fuera un estandarte. Pero quizá se trate de entender que algunas piezas son recuerdos operativos y ayudan a entender de dónde viene este yo presente. ¿O eso es una excusa para aferrarse?
No me trago esa necesidad de conservarlo todo para no perderse. A veces el despojarse es una señal de criterio y no de pobreza emocional. Si el mundo cambia no hace falta aferrarse a cada objeto para demostrar algo.
Y si en vez de decidir entre conservar o tirar miras cada cosa como una pregunta sobre su función hoy? Un disco puede ser fondo de una tarde, una prenda un chiste de juventud, un diario viejo una sociedad que ya no existe. Interesante modo de repensar la limpieza no como censura sino como ensayo.
Tal vez la pregunta no es qué conservar sino qué historia quieres que cuente tu casa ahora. Cada objeto puede ser una nota en la partitura de quién eres hoy y si esa melodía no encaja con el tono del momento quizá esté bien dejarla fuera. La clave es recordar sin obsesión y leer los objetos como señales no como cadenas de mandato.
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