Llevo unos meses entrenando en casa con mi propio peso y unas mancuernas, y aunque he ganado algo de fuerza, siento que mi progreso se ha estancado por completo. Me pregunto si para dar el siguiente paso necesito empezar a ir a un gimnasio de verdad, donde pueda acceder a más equipamiento y variar las cargas. La idea me atrae, pero también me da un poco de pereza el cambio de rutina y el ambiente.
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Qué gano y qué pierdo al pasar de entrenar en casa a un gimnasio?
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Entiendo la sensación de estancamiento. Quizá no sea la falta de equipo, sino la forma en que distribuyes la carga, la progresión en un programa bien diseñado puede aparecer incluso con peso libre y movilidad. Si te atrae el gimnasio, está bien probar, pero no es obligatorio para seguir ganando fuerza.
Nunca está de más probar, pero no conviertas la sala de pesas en una varita mágica. Con variaciones de tempo, repeticiones y rangos de movimiento en casa puedes seguir la progresión sin cambiar de escenario.
Me encanta que ya te sientas más fuerte. Esa pereza para el cambio la entiendo, a veces la motivación aparece cuando ya sientes que la progresión depende del cuerpo, no del lugar.
¿Entonces te preocupa que el gimnasio vaya a cambiar a quién eres como persona? Si buscas ambiente, puede sonar atractivo, pero la premisa de entrenar para ser más fuerte no depende del techo.
Desde un punto de vista de entrenamiento, la clave suele ser el principio de sobrecarga y recuperación. En casa, combinando peso corporal con mancuernas, puedes seguir progresando subiendo volumen de trabajo, bajando tiempos de descanso o alterando la intensidad. Si te decides a ir al gimnasio, te da variabilidad de carga y ejercicios aislados, pero la base de la progresión está en un plan claro, no en el sitio.
Quizá no es el entorno lo que falta, sino un plan que te agarre por gusto y no suelte. El progreso no es un permiso, es una decisión, ya sea en casa o en un gimnasio.
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